Los actos en el fantasma de la histeria

Mónica fue mi paciente durante largos años y fue descifrando su verdad sesión tras sesión, hasta encontrarse constituida en su propio fantasma.

El motivo de consulta y las primeras manifestaciones

Cuando inició su análisis tenía 45 años y era madre de dos hijos mayores de edad. Trabajaba en un comercio; el dueño del lugar, además, era su pareja desde hacía al menos quince años.

Su motivo de consulta en aquel entonces fue su imposibilidad de decir que NO frente a las demandas. No podía decir que algo le pertenecía, tenía dificultades para decir que algo le era propio. Se quejaba, además, de ser invadida por malos pensamientos y de que estos, según ella, eran generados por ser mala persona.

Desde la primera consulta, los síntomas no cesaban de mostrarse de manera desordenada. Por momentos hablaba como una niñita traviesa y, por otros, como una mujer adulta. A veces tosía, a veces gritaba, a veces se dormía; en ocasiones venía con su cuerpo brotado. De repente lloraba y reía mezclando relatos. Manifestaba ciertas ideas suicidas, pero solo para fantasear su ausencia, como un «bordear el final de algo» que no era ni su yo ni su cuerpo. Se hacía «pis encima», decía que no podía hablar (aunque en el consultorio lo hacía de manera verborrágica) y se sabía compulsiva. Pero lo más demoníaco, decía, era el premenstrual, donde toda su cabeza y sus pensamientos la agredían y la sacaban de la realidad: ella dejaba de ser ella.

Me preguntaba quién era ella para saber que estaba dejando de serlo. Fue la primera formulación para acercarme a la posición de su fantasma.

No entendía por qué el Otro (su pareja) no era claro en su demanda; nada le conformaba, no la autorizaba a ser. Decía: «No me autoriza a existir como persona».

José Zuberman dice que el «fantasma no se dice, sino que se muestra»; el fantasma es el soporte del deseo. La manera de manifestarse de la paciente en consulta y fuera de ella era mediante sucesivos acting out y diferentes mostraciones, a veces hasta obscenas. En cada consulta ella mostraba partes de su cuerpo «lastimado» por una enfermedad característica de la piel, enfermedad que le salía «de una hora para otra», así sin más. A veces con sangrado, a veces con picazón, otras con dolor. Dejaba el diván lleno de sus cáscaras.

Todos «sabían» nombrarla: una loca, una border, una enferma, una inútil, una brotada, una desquiciada, una psicótica. Todos huían de ella; se hacía dejar, excepto por aquel que se atrevía a capturarla para hacerla esclava de su goce. Buscaba en su analista otra nominación, encontrarse con otro real que la volviera a obturar, pero no encontraba nada. La instalación de la transferencia surgió en el mismo momento en que ella no se hallaba con ningún nombre/saber desde su analista.

El fantasma, la castración y el lugar del Otro

Mónica, desde su estructura histérica, se sacrificaba para evitar tocar algo del orden de la castración. Se sostenía y se exponía frente a los hombres como trapo sucio, como una vil basura. «Soy una puta», decía. Debía ser humillada y ultrajada para poder sostenerse en el Otro y seguir sosteniendo al Otro como amo, como ese que todo lo sabe, porque el saber en la histeria ocupa el lugar de goce.

Con el pretexto encarnizado y su certeza de que el Otro sabe lo que a ella le falta, se ofrecía toda como objeto sacrificial para poder ser la mierda del Otro, como ella decía: «Al menos les sirvo para algo». Este servir contenía ese peligro de exponerse a un punto de desaparición, de muerte. Lo que la histeria no puede reconocer es al Otro como sujeto barrado, castrado.

Sostener a su hombre impotente como potente requería de mucho sacrificio de su parte. Su pareja ejercía su potencia desde la más absoluta brutalidad física y verbal, que ella debía recibir como una prostituta. Decía: «Me acostumbré al dinero fácil». Sin embargo, trabajaba más de doce horas, cocinaba, limpiaba, atendía, hacía de mucama, de secretaria, de doméstica, entre otras cientos de actividades que sentía tener asignadas.

Mónica quería saber cuál era la medida de todas las cosas para ese Otro, que se jactaba de tener el falo, que lo autorizaba a ser el amo. Con lo cual, la dimensión de la culpabilidad hacía que la paciente encontrara el obstáculo perfecto para sostener su pregunta por la feminidad. Ante la incapacidad de simbolización, el golpe como acto violento venía a ocupar el lugar vacante que dejaba la ausencia de palabras.

Los acting out y la puesta en escena del fantasma

Los acting out se suceden donde «yo no soy»; el sujeto puede jugar su pérdida para situar su lugar de causa. Hay falta de sujeto y luego pérdida vinculada a una falta en el Otro.

Cuando Mónica «fantasea» con saltar a las vías del tren, está tratando de imaginar cómo sería ser causa del deseo del Otro, pero de una manera real. Muchas veces me preguntaba cuán posible era que esta y otras fantasías, como pasarse el filo de un cuchillo por el cuello o jugar con medicamentos, pasaran al acto. Era claro que lo que quería matar era otra cosa, algo que la habitaba y que no la soltaba. Ella decía: «Me quiero tirar para no sentir más impotencia». Gran interrogante: ¿de quién es la impotencia, de ella o de sus hombres, que tanto se sacrifica en sostener?

La violencia era recibida como forma de obtener el amor del padre. Ella era la preferida porque era la más pegada. Para que su padre (los hombres) no quede impotente, su lugar en el fantasma es ser el objeto golpeado; si no fuera así, el hombre sería impotente. Tomar decisiones para ella era oponerse a las órdenes de su amo y barrarlo en el mismo acto.

Frente a la abstinencia de mi parte, los acting out eran formas de demandar y de exigirme un gozar de su cuerpo, el cual mostraba marcado. Su fantasía exponía otra doble intención: dejar sin recursos a su propio analista, mostrándome mi propia impotencia.

Durante un largo período, al salir de las sesiones acusaba no poder controlar el impulso de comerse cualquier cosa en gran cantidad. Esto le generaba dolor de estómago y enojo. En su ironía me acusaba de «engordarla». Ella se llenaba de comida porque no podía engordar de saberes y de certezas; se iba vacía del consultorio. Este acting era su llamado actuado a la escucha analítica, ya que venía acompañado de las frases: «La terapia no me hace nada», «estoy cada vez peor», «cada vez entiendo menos y estoy perdiendo el tiempo», «no sé para qué vengo».

De los encuentros en las comidas con su pareja decía: «Como sin abrir la boca, no se puede emitir sonido». Pienso: ¿y en sesión? Aquí sí se puede abrir la boca, y era tanto lo que la abría que necesitaba cerrarla de algún modo para no hacerse cargo de sus dichos.

Así es como se comenzó a trabajar la diferencia entre lo imaginario y lo real, sobre la verdad de las palabras y la verdad de los hechos. Su fantasía infantil era sostenida por la idea de que todo lo que se dice o se piensa se ve y se cumple. De alguna manera, lo dicho en sesión era renegado en un acto de volver a meterse algo.

Durante otro período, el acting venía de un «dormirse» en el diván cuando la intervención era acerca de los hombres y los límites. Mediante el análisis de la contratransferencia podía detectar ese acto inconsciente de hacerme enojar. Me provocaba para que la maltrate, para poder ser ahora ella mi deshecho y que yo, su analista, me violentara como sus hombres.

Al despertar abruptamente, reía y me decía: «Perdón, me aburro». El dormirse venía a ubicarse en el lugar del límite: cada vez que trabajábamos la posibilidad de poder negarse, ella se negaba a escuchar. Mi intervención frente a la última «siesta exprés» fue decir: «Claro, pobre, te cuesta asumir responsabilidades», apelando a su posición más clara de mujer y no de niña.

Los síntomas y las huellas de la infancia

Casualmente, el día anterior a concurrir a sus sesiones, ella se descomponía. Aparecían malestares digestivos de toda índole que, en ocasiones, le imposibilitaban concurrir a su espacio. Esto lo comentaba en todas las sesiones antes de entrar. Pienso: ¿cómo una acusación de estar haciéndole daño o como un no querer enterarse de cosas dolorosas? Frente a esta pregunta fuimos relacionando sentidos.

Los síntomas databan de muchos años atrás. Mediante la asociación libre se despierta en ella un recuerdo de la infancia sobre las amenazas de su padre, quien afirmaba que, si se portaba mal, los hombres le iban a hacer cosas malas (cosas que aún no comprendía en su real significado). Ella padeció enuresis hasta los quince años de edad.

Mónica parece tener regresiones ante situaciones en las que siente que no puede dejar pasar por delante su deseo. Toma un camino regresivo en donde se hace pis cuando tiene miedo o toma una decisión que sabe que enojará a otros. Tiene miedo de pensar o actuar. Decía: «Se van a enojar, no me dejan hacer nada, por eso no tengo boca»; «cuando pongo un límite me quieren comer». En análisis se enfrentaba con su castración.

Sus malos pensamientos la desbordaban y eso implicaba un castigo de algún hombre potente, ya que los que tuvo cerca siempre fueron impotentes. «Lo importante es obedecer», decía. Ser una puta implicaba complacer al Otro.

La interpretación y la construcción del síntoma

El acting out es una eficacia del inconsciente. Pero también la interpretación puede hacer acto.

En una sesión relata un suceso violento donde se mostraba ignorante y sin recursos, en tono infantil y victimario. Decía: «No sirvo para nada, la cabeza no me da». Acto seguido, relata otra situación donde se imponía de forma racional y decisiva.

Frente a mi intervención: «¡No tenés un pelo de boluda, te hacés la tarada y te guardás lo inteligente que sos para pasarla mejor!» [Cabe destacar la ironía con respecto a la frase «pasarla mejor»].

Como dijo José en la lectura de Lacan: «Es con el filo del significante que la interpretación puede hacer corte».

En función de este corte, los síntomas digestivos y regresivos cesaron. Efectivamente, hubo un cambio en la economía de su goce.

La instalación de la neurosis de transferencia logró armar síntoma para abandonar los acting out. Paulatinamente se fue desplazando desde la mostración de su fantasma al armado de síntoma para retomar la pregunta por quién es ella y dejar de preguntarse qué la quiere el Otro. Se abrió un camino más simbólico y ya no tan actuado.

Bibliografía

  • Courel, Raúl: Psicoanálisis en el campo del goce. Ediciones Manantiales SRL, 1994.
  • Lacan: Seminario VIII.
  • Lacan: Seminario XII.
  • Lacan: Seminario XIV.
  • Paola, Daniel: Inconsciente, sentido y forclusión. Ed. Letra Viva, 2011.
  • Rabinovich, Diana S.: Una clínica de la pulsión: las impulsiones. Ediciones Manantiales SRL, 2006.
  • Rabinovich, Diana S.: El deseo del psicoanalista. Ediciones Manantiales SRL, 2007.
  • Zuberman, José A.: Seminario 2013, «Clínica del Cartel».
  • Zuberman, José A.: Lo que la práctica del psicoanalista nos enseña. Ed. Letra Viva, 2016.

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