Todavía no me fui

Cuando comencé a narrar esta historia y analizar su contenido, este título me pareció una síntesis conmovedora de un final anunciado; por más previsible que sea, no deja de ser tan viva como lo fue en aquel momento.

Se intentará marcar aquellos hitos que transformaron la muerte en algo de vida para luego volver a morir, pero esta vez, de manera diferente. Dados los inagotables abordajes y diferentes lecturas que se podrían trabajar en este caso clínico, nos centraremos en tres ejes: el de la subjetividad, la ética y el deseo del analista.

El contacto

El primer contacto telefónico lo realiza un familiar (su hermana). Consulta sobre las patologías que se trabajan en análisis y el valor de los honorarios por sesión. La conversación fue corta; se la escuchaba “apurada”, solo quería respuestas concretas. A los quince días llama la mujer del que sería el futuro paciente. En principio, vendría ella sola para explicar la situación.

Al llegar puntualmente a la entrevista, cuenta que su marido, de 37 años, padece de una enfermedad larga y que se encuentra bajo tratamiento farmacológico, con lo cual advierte que va a haber días en que no va a asistir a sesión. Se le solicitan los teléfonos de sus médicos clínicos y oncológicos para saber más detalles de su diagnóstico y tratamiento. Se propuso comenzar a trabajar con un enfoque multidisciplinario.

Podríamos decir que la mujer fue la primera que instaló una transferencia après-coup habitada por un sujeto supuesto al saber (SsS) que plantea una estrechez, algo del orden de lo necesario, pero esto no puede saberse con antelación.

La hora de la consulta

Darío (nombre ficticio) llega en el último turno de la noche. Su decadente estado físico era imposible que pasara desapercibido; su apariencia era la de un hombre de unos 65 años. La enfermedad había “comido” gran parte de la persona que era. Su esposa, con una sonrisa agotada en su rostro y una mirada resignada, anuncia que lo pasa a buscar en una hora.

Darío camina lento, con pasos cortos y agarrándose de las paredes. Huele a medicamento y le cuelga un catéter de la nuca hacia adelante. Su visión se encuentra disminuida en un setenta por ciento, ya que las drogas de la quimioterapia le dañaron ambas retinas, produciendo un efecto explosivo en sus nervios oculares. Trae consigo un cuaderno con todos los pasos, tratamientos y dosis de medicamentos que se realizó y consumió en este escaso año y medio desde que le descubrieron su cáncer en el mediastino, luego de su vuelta de las vacaciones familiares.

El total desinterés de mi parte por su cuaderno le llama mucho la atención y lo deja en alerta, despertando en él cierta mirada de desconfianza. A pesar de su escasa visión, mantendrá la mirada fija durante todo el transcurso de la hora y en las sucesivas entrevistas.

Habla poco, casi con monosílabos. Las primeras sesiones esencialmente se basaban en hablarle, cederle palabras, prestárselas hasta que encuentre las suyas. Se le pregunta, se generan comparaciones, se buscan puntos de identificación y referencia. Cuando se iba del consultorio, sentía en mi cuerpo un cansancio extremo poco habitual.

Como parte del análisis, se realizaron supervisiones para trabajar la fuerte transferencia que allí se desplegaba; era lo más ético que se podía hacer para sostener lo que parecía escurrirse. De a poco se comenzó a historizar la trama de su vida. Esto permitió echar luz sobre aquella movilización interna aparentemente incontrolable de sentirme “consumida” por el otro. El velo sobre Tánatos comenzó a desvanecerse para pasar a ser ahora más real.

Darío venía a sesión dos veces por semana. Tuve una segunda entrevista con la esposa y una charla telefónica con sus médicos. Al principio se quejaba de tener que levantarse para venir (contaba su mujer), pero al cabo de dos semanas venía como si estuviera esperando la consulta.

El entramado

Hacía un año y medio que le habían diagnosticado cáncer. Desde entonces se encuentra bajo tratamientos con quimioterapia, con fuertes medicamentos e intensos rayos. Al realizar el contacto telefónico con su doctora de cabecera (jefa de oncología en la institución) y mencionar su apellido, inmediatamente, casi sin dejar terminar la exposición del motivo de la consulta, interrumpe y dice saber quién es, advirtiendo: “No te molestes mucho porque ya se va a morir, es cuestión de semanas, no hay nada más que hacer, el cáncer tomó todo su organismo, pero pobrecito sigue viniendo al menos por las transfusiones”.

Si el psicoanálisis trata el caso por caso, es porque lo que interesa es rescatar el sujeto que hay en cada uno, es poder encontrar la singularidad y la individualidad para darle lugar a que pueda devenir. En este relato médico, Darío es expulsado de la escena de la vida porque ya está “dado por muerto” sin estarlo. Cito un fragmento del libro de Marcelo Negro: “El quehacer específico del psicoanálisis es una operación concreta sobre el sufrimiento humano, considerado como hablante-ser”. Cada quien padece a su modo su condición de ser hablante, determinado por su propio inconsciente.

El objeto de la medicina es la enfermedad. Cuando el discurso médico está presente sobre la patología, se produce un corte entre la enfermedad y la persona que la padece. Para la ciencia médica es necesario que esto se sostenga; el cuerpo es sometido a todo tipo de aparatos y drogas, mediando solo de “envase”, como soporte material.

Es evidente que lo real/biológico en Darío se impone y hasta parece comandar el aparato del lenguaje. ¿Cómo separarlo del significante “terminal” que ya estaba operando sobre él?

De la segunda entrevista con su esposa se desprenden más datos: los médicos le avisaron que “de mayo no pasaba”; estábamos ya cursando el mes de octubre. Su familia se alejó de él. Tiene cuatro hermanos, familia numerosa y muy “unida” que, desde su enfermedad, se juntan sin él. Sus padres lo visitan poco, a pesar de la corta distancia que separa sus hogares. Solo su suegra decidió mudarse para cuidarlo y ayudarlos mientras ella trabajaba. El matrimonio tiene dos hijos de menos de 10 años.

A él no le fue dicho en palabras su diagnóstico, pero no hizo falta, ya que su inconsciente lo sabía. Tuvo dos intentos de suicidio, los cuales nunca fueron traídos a sesión.

El deseo es falta en ser, algo al Otro le falta para que un sujeto pueda devenir, pero ¿qué pasa cuando no hay lugar para devenir?, ¿cuándo se fue expulsado del lugar de la falta porque ya hay otra cosa operando en su lugar?, ¿dónde deviene? Quizás en su lugar devenga un acting-out o un pasaje al acto. En Darío, su respuesta fue el intento de quitarse la vida en dos oportunidades. Caerse de la escena suele ser el mejor atajo cuando no se tiene a quién apelar.

El acto desesperado de su mujer hacía que lo llevara a todos los nuevos tratamientos que salieran al mercado (drogas y terapias alternativas), seguido de curas religiosas y milagrosas que no hacían más que obturarlo en su verdad.

El deseo del Otro en Darío parece no estar; solo ocupa ese lugar el discurso médico gelificante del Sujeto, lo habla Todo dejándolo sin Ser. La representación del significante médico es “el muerto”. Solo podemos ser Sujetos en la medida que existe el “tú eres”, y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué o quién es Darío ahora? Lacan dice que al ubicarse en el “no pienso” hay ausencia de Yo; hablamos de la alienación. Es en estos extremos donde se ubica el deseo del Otro.

El cuerpo no simbolizado es hostil y Freud ubica lo traumático allí. Si la existencia se sostiene en la enunciación, cuando hablamos de la alienación, que no puedo decir “soy” sin pasar por el “pienso”, hay que alienarse a un significante que está fuera de uno. Si ese significante no está, Darío no puede Ser. Su identificación pasa a ser la nada, en este caso a un “muerto”, quien a la vez es alguien; algo lo nombra, pero lo nombra de manera siniestra.

Como analista, al posicionarme en el lugar del semblante, se comenzó a abrir un camino hacia la particularidad. El semblante permite unir frente a lo real, lo simbólico y lo imaginario. Se intentó recuperar lo íntimo de Darío (pulsión, deseo, inconsciente) en las escenas que habitaba (especialmente la escena médica). Se intentó “una ética de la diferencia (…) que recupere la subjetividad excluida por los discursos-amo”. Miller al respecto dice: “Decir que el sujeto en la clínica no es un sujeto de hecho sino un sujeto de derecho, equivale a decir que no se puede separar la clínica analítica de la ética del psicoanálisis. Es la ética del psicoanálisis la que constituye en la experiencia analítica al sujeto”.

Con la apoyatura en este semblant que sintetiza un entre dos se abre la dimensión fantasmática. La condición para que el semblant ocupe el lugar de sujeto supuesto al saber queda a cargo del analista, que se sabe tironeado por el objeto a y que lo une a su analizante en la transferencia.

Durante el tratamiento se trabajó con lo que tenía de vida, ¡porque estaba vivo! Comenzó a recordar cómo eran sus días antes de la enfermedad, se puso en palabras cómo eran los tratamientos y las transfusiones que se hacía dos veces por semana (le “consumía” todo el día). Se habló de lo siniestro, de la muerte. Se enfrentó lo impredecible, se trabajaron los quizás y la finitud. También se pusieron en palabras los deseos y anhelos.

Las sesiones transcurrían entre risas y el trabajo arduo de bordear lo “indecible”, lo que no puede ser puesto en palabras. De a poco Darío comenzó a hablar más, a enojarse a veces con su analista. Traía fotos de su familia, se esforzaba por hacer ejercicio y caminar. Comenzó a comer, a ser miembro partícipe en la casa y la crianza de sus hijos, dejando de lado el sillón que lo seducía a hacer “nada”. Se mostraba orgulloso de lo que había hecho y se festejaba cada logro. Darío comenzaba, al fin, a sentir vida en él nuevamente.

El deseo del analista opera como una “X” y permite que algo del deseo del otro se despliegue. Es necesario que al analista, además de suponerle el saber, se le suponga un deseo, que sea deseante para que el otro pueda devenir. Como el sujeto se constituye como corte entre palabra y verdad, el abismo entre lo que se dice y lo que se oye tiene que presentar quiebres y fallas.

El trabajo fue sobre la incertidumbre estructural, aquella que nos concierne como seres hablantes y donde la relación con el lenguaje no asegura un orden previamente establecido.

En su última sesión contó cómo iban a realizarle un estudio. Expresó su descontento y resistencia a tener que pasar por esa instancia que le causaba mucho dolor: eran dos extracciones, una de médula y otra de columna.

Para terminar, quisiera dejar una cita de Lacan: “El deseo, función central de toda la experiencia humana, es deseo de nada nombrable. Y ese deseo es lo que al mismo tiempo está en la fuente de toda especie de animación. Si el ser no fuera más que lo que es, ni siquiera habría lugar para hablar de él. El ser llega a existir en función misma de esta falta. Es en función de esta falta, en la experiencia de deseo, como el ser llega a un sentimiento de sí con respecto al ser”.

Darío parecía tener ya muchas certezas. Como continúa diciendo nuestro autor: “La vida sólo sueña en morir”.

Bibliografía

  • Fariña, J. J. Michel (2002). Ética: un horizonte en quiebra (2.ª edición). Buenos Aires: Eudeba.
  • Freud, Sigmund (1913-1914). Volumen XIII: Tótem y tabú y otras obras. Buenos Aires/Madrid: Amorrortu.
  • Freud, Sigmund (1914-1916). Volumen XIV: Trabajos sobre metapsicología y otras obras. «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico». Buenos Aires/Madrid: Amorrortu.
  • Lacan, Jacques (1987). El Seminario de Jacques Lacan: libro 1. Clase 7: La tópica de lo imaginario. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, Jacques (1987). El Seminario de Jacques Lacan: libro 2. Clase 18: El deseo, la vida y la muerte. 19 de mayo de 1955. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, Jacques (1987). El Seminario de Jacques Lacan: libro 5. La formación de lo inconsciente. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, Jacques (1987). El Seminario de Jacques Lacan: libro 6. El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós.
  • Miller, Jacques-Alain (1997). Introducción al método psicoanalítico. Buenos Aires: Paidós.
  • Negro, Marcelo (2011). La otra muerte (2.ª edición). Buenos Aires: Letra Viva.
  • Paola, Daniel (2011). Inconsciente, sentido y forclusión. Buenos Aires: Letra Viva.

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