Un poco de historia
He dedicado varios años de mi carrera a investigar y analizar las diversas conductas humanas en relación con los alimentos. Mi estudio abarca los diferentes procesos involucrados, desde la producción, el procesamiento y el almacenamiento hasta su consumo. Asimismo, he explorado el papel de la comida en contextos culturales e históricos de lo más diverso, en los que representa mucho más que un alimento. Su uso ha sido y sigue siendo cultural desde que se descubrió el fuego y las culturas comenzaron a ser sedentarias.
Fue usada como ofrenda para recibir regalos de los dioses, fue rechazada para llevar a cabo ayunos y mostrar sumisión y obediencia en contextos religiosos o, por el contrario, para manifestar un desacuerdo social mediante una huelga de hambre. La comida también ha simbolizado riqueza y poder en la obscenidad de los grandes banquetes; suele acompañar festejos, de la misma manera que funerales, y tiene otro sinnúmero de usos. A lo largo de mi carrera he examinado la influencia de factores religiosos, climáticos y geográficos, así como su manejo en situaciones extremas, como pandemias o guerras.
En paralelo, me he dedicado a observar e investigar el impacto que tiene todo ello en el cuerpo y el psiquismo: las hambrunas, la desnutrición, los modelos estéticos imperantes, las enfermedades crónicas y agudas derivadas de ella, etc.
La relación del ser humano con la comida es fascinante e irreductible, por lo que me ha llevado a plantearme las siguientes preguntas: ¿por qué comemos en exceso?, ¿qué es la comida para el psiquismo?, ¿cuál es su representación?
La comida como deseo y no como necesidad
Lejos de ponernos a debatir cuestiones biológicas sobre la nutrición y su impacto fundamental en el desarrollo cognitivo, los seres humanos no comemos solo por hambre, sino que lo hacemos también por deseo y placer. Comemos porque generamos encuentros con otras personas; la comida hace que nos relacionemos.
Freud habla en sus textos sobre el «cachorro humano», aquel que, cuando nace, succiona el pecho materno por instinto para nutrirse porque es su naturaleza. Pero no pasará mucho tiempo antes de que ese instinto de supervivencia se convierta en pulsión de placer y se independice para siempre de su estructura biológica. Dicho de otra manera: el instinto es a la biología como la pulsión lo es a la cultura. Cuando el bebé sigue succionando y ya no hay más leche, cuando se chupa el dedo o juega con el chupete, está experimentando placer: juega, se divierte y el hambre se convierte en algo secundario; ahora disfruta de otra cosa que no es solo estar saciado.
En el futuro, la búsqueda de placeres se va ampliando y los adultos perseguimos la idea de confort y seguridad como si fuera el fin último de nuestra existencia, cayendo en la creencia de que la comodidad por sí sola genera bienestar, mientras que nuestro cuerpo experimenta el impacto del sedentarismo.
¿Comenzamos una dieta?
La ingesta excesiva suele convertirse en un problema cuando hay signos significativos de molestia o enfermedad. Suele aparecer dificultad al caminar o subir escaleras, taquicardia, imposibilidad de tocarse partes del cuerpo a las que antes se llegaba, la ropa ya no nos cabe, los estudios médicos denuncian exceso de colesterol en sangre o problemas de salud derivados del sobrepeso, etc. Y aquí comenzamos a experimentar apuro por resolver el problema y ansiedad por los resultados. Es entonces cuando comenzamos a tener juicios de valor negativos y, en muchos casos, una disminución de la autoestima.
Si el psiquismo se forma en interacción con otros, la comida es un factor vinculante por excelencia. No podemos evitarla. Es por esto que las dietas no funcionan, porque no podemos prohibirle al organismo satisfacer su necesidad vital y tampoco podemos renunciar al vínculo con los otros. Las personas nos organizamos en familias nucleadas alrededor de la mesa y la comida, que fundan los rituales del comer; surgen las fiestas, las tradiciones, los encuentros sociales y diversos eventos que están asociados al alimento.
A la dialéctica de comer o no comer (desear o no desear) se le suman otras complejidades, como, por ejemplo, los requerimientos estéticos sociales, el bullying hacia las diferentes formas de ingesta (veganismo, celiaquía, etc.), la variación cada vez más pequeña en la curva de talles de la ropa que publicitan las grandes marcas, entre otros motivos. Somos invadidos por excesivas publicidades de alimentos ultraprocesados, mientras se los asocia con momentos divertidos o con imágenes ideales de éxito si consumimos tal bebida o tal comida.
Cada cultura tiene sus platos favoritos y sus rutinas más o menos saludables de alimentación cotidiana, pero en todas las sociedades urbanizadas existen alimentos y bebidas no saludables que, cuando se ingieren en exceso, provocan daños corporales y psíquicos, deteriorando nuestra calidad de vida.
No podemos, sin más, renunciar a todo lo que representa para nosotros la comida solo porque consideramos que la prohibición será la solución.
Las emociones y la relación con la comida
La acción de comer está íntimamente relacionada con las emociones. Si tenemos un mal día lleno de apuros y preocupaciones, optaremos mayormente por platos ricos en grasa. Sin embargo, por el contrario, cuando atravesamos situaciones de tranquilidad y bienestar, seremos capaces de elegir una fruta o algo menos invasivo. A través de las emociones podemos sentir si nuestro cuerpo experimenta satisfacción, dolor o si tiene alguna necesidad básica insatisfecha.
La mala gestión del estrés diario, junto con la angustia provocada por situaciones que a veces no reconocemos y la ansiedad causada por la prisa y la incertidumbre, afectan nuestros hábitos alimenticios y nuestra conducta. Como resultado, actuamos de forma compulsiva y automática sin darnos cuenta.
¿Qué debemos hacer frente a estas conductas mal aprendidas?
Hay mucho trabajo por hacer: los problemas no son los alimentos, sino lo que hacemos con ellos.
Aquí dejo algunas ideas de tareas que nos ayudarán a encaminarnos hacia los buenos hábitos:
- Tomar conciencia y registrar honestamente nuestras rutinas y horarios diarios.
- Evaluar nuestras posibilidades reales para hacer compras y preparar la comida en casa.
- Registrar cuánto tiempo de ocio o descanso real tenemos durante el día y, si lo tenemos, observar si lo pasamos frente a las pantallas.
- Identificar las situaciones que nos generan incomodidad en el día a día.
- Reconocer los problemas que nos afectan, ya sean laborales, familiares o relacionados con nuestras relaciones personales.
- Reflexionar sobre el lugar que ocupa el ejercicio físico en nuestra escala de prioridades.
- Registrar cuántas salidas y reuniones sociales tenemos habitualmente.
- Tomar nota de los horarios en que realizamos nuestras comidas.
- Registrar cuántas horas dormimos y la calidad del sueño.
- Observar los espacios físicos donde comemos: si estamos sentados o de pie, si comemos rápido o si lo hacemos mientras trabajamos o realizamos otras actividades.
El error más común es creer que, si se restringe la comida, se resuelve el problema, y no tenemos en cuenta que si existe un exceso es porque no estamos gestionando de manera correcta nuestras emociones. La consulta con un profesional de la nutrición y un médico clínico no debe quedar fuera de este proceso. El trabajo multidisciplinario favorece y enriquece los procesos de cambio para alcanzar los resultados deseados.
Para que ocurra un cambio significativo en la vida, es necesario experimentar algún tipo de pérdida; particularmente, hablamos de la pérdida de la comodidad. Cuando nos enfocamos en lo práctico y rápido, no nos otorgamos la oportunidad de vivir plenamente el proceso de cambio, ni de establecer nuevas metas o asumir responsabilidades. Esta búsqueda constante de soluciones rápidas evita que nos comprometamos con nosotros mismos.
Sin embargo, los cambios que realmente valen la pena requieren esfuerzo. Aunque al principio pueden ser difíciles, con el tiempo generan una sensación de plenitud al alcanzar los resultados deseados. Esta satisfacción proviene de haber reorganizado nuestra vida y ajustado nuestras expectativas gracias al esfuerzo y la dedicación.
Este tipo de transformación suele generar desilusión y frustración por dos razones: en primer lugar, porque los resultados no son inmediatos, lo que dificulta mantener el esfuerzo a largo plazo; y, en segundo lugar, porque tendemos a culparnos al abordar el proceso de manera incorrecta. Por ello, es recomendable contar con apoyo psicológico para alcanzar tus metas, organizar tus hábitos y modificar aquellos comportamientos problemáticos sin sentirte juzgado.
Y tú, ¿qué metas te propones?


