La falsa desconexión digital: cuando descansar significa seguir conectados

Alberto y Susana cuentan que están agobiados con sus vidas cotidianas, llenas de exigencias, compromisos, horarios y responsabilidades. Terminan sus días verdaderamente agotados y sin ánimos de emprender ninguna otra actividad. Llegan por la noche con mucho cansancio, sintiendo que deben compensarse de alguna manera y liberar todo el estrés acumulado.

Por eso, ansían que llegue la noche para «desconectarse» del día agobiante mirando una serie o jugando a juegos aparentemente inocentes en sus teléfonos móviles. Pueden ser juegos de deducción, de inteligencia o simplemente pasatiempos de esos que «ni siquiera tienen que pensar». Después siguen mirando, casi sin mirar, las redes sociales hasta caer rendidos de madrugada. De esta manera, según relatan, consiguen «desconectarse» del día, aunque para ello reduzcan drásticamente sus horas de sueño.

Como Alberto y Susana, muchas personas creemos que, utilizando las pantallas, podremos desconectar, cuando en realidad, muchas veces hacemos exactamente lo contrario: seguimos recibiendo estímulos, información, demandas y emociones.

Una nueva realidad: vivimos rodeados de estímulos digitales

Lo que les sucede a ellos les ocurre a muchas personas en la actualidad, en esta era de las oportunidades, los entretenimientos y las distracciones.

Desde que el televisor se integró en nuestros hogares como si fuera otro miembro de la familia, nuestro cerebro y nuestros comportamientos han cambiado para siempre. Si bien todo comenzó con la televisión, después se sumaron nuevos integrantes: el teléfono móvil, el ordenador, la tableta, las consolas y muchos otros dispositivos tecnológicos.

Esta nueva realidad nos ha abierto las puertas a un universo prácticamente ilimitado de contenidos que se multiplican a una velocidad difícil de dimensionar. Hoy podemos encontrar en segundos aquello que antes buscábamos pacientemente en una enciclopedia, recorrer virtualmente un museo situado a miles de kilómetros, contemplar la superficie de la Luna, asistir a una conferencia o incluso entrar en un casino sin movernos de casa. Casi todo parece estar al alcance de un clic.

El problema ya no es la falta de acceso, sino todo lo contrario: la posibilidad de acceder a casi todo, todo el tiempo.

Esa disponibilidad permanente puede alimentar una nueva forma de voracidad: la necesidad de seguir mirando, descubriendo, consumiendo y saltando de un estímulo al siguiente, como si nunca fuera suficiente.

Hemos pasado de buscar información a convivir con una oferta de estímulos que prácticamente nunca se termina.

La historia del estrés: de la supervivencia a la hiperestimulación cotidiana

Nuestro cerebro estaba preparado para resistir impactos de estrés momentáneos cuando la persona se veía sometida a algún peligro real: una amenaza de muerte, la falta de alimento, las rivalidades entre tribus o las inclemencias del tiempo, entre otros. Al reducirse o desaparecer el peligro, se regresaba a un estado de calma.

Hoy las cosas han cambiado.

El estrés es algo que las sociedades han naturalizado, utilizándolo incluso como sinónimo de productividad: nunca se para.

Se trata de una nueva forma de vivir característica de nuestra época, en la que el conocimiento parece quedar relegado frente al exceso de información.

Las compras, el mercado, el trabajo, la familia, la competencia, el «no perderse de nada», las ofertas, el vértigo y, en definitiva, lo (¿lamentablemente?) cotidiano.

Todo ello altera nuestra percepción del paso del tiempo: nunca nos alcanza para todo lo que debemos y queremos hacer.

Sentimos agotamiento mental y, a veces, cansancio físico, pero aun así no podemos parar.

Cuando descansar se convierte en seguir recibiendo estímulos

Terminamos una actividad y automáticamente buscamos el móvil, las redes sociales, los vídeos o las noticias.

Como no podemos detenernos porque el mundo sigue y sigue, lo que solemos hacer como hábito es creer que equilibramos esa aceleración mediante otra, pero esta vez más entretenida.

Es decir, vamos imprimiendo otro estilo vertiginoso, aunque ahora se trate de una actividad que no nos hace sentir cansados, que no parece exigirnos tomar decisiones ni asumir nuevos compromisos.

La sensación de que estamos descansando viene dada únicamente por el hecho de no ser sujetos activos. Estamos allí, tumbados, con los ojos abiertos, viendo cómo pasan las historias y desfilan las imágenes frente a nosotros, sin tener que movernos siquiera.

Nos entregamos a un universo de hiperactividad y entretenimiento que discurre gratuitamente frente a nosotros, pero al que, básicamente, ni siquiera nos interesa prestar atención.

Por eso no descansamos: simplemente cambiamos de estímulo.

Una mente ocupada también puede estar cansada

El agotamiento no proviene únicamente del trabajo, del esfuerzo físico o de nuestras obligaciones. También podemos sentirnos exhaustos después de pasar muchas horas concentrados, preocupados o en estado de alerta.

Prestar atención de manera constante, intentar procesar varios estímulos al mismo tiempo, convivir con ruidos intensos, luces fuertes o música a un volumen elevado también supone una exigencia.

A esto puede sumarse la falta de sueño, una alimentación inadecuada, los conflictos personales o las relaciones que nos mantienen en tensión.

Muchas veces creemos que estamos descansando simplemente porque hemos dejado de trabajar. Sin embargo, si llenamos inmediatamente ese tiempo con pantallas, mensajes, vídeos, noticias, redes sociales o cualquier otra sucesión de estímulos, nuestra atención continúa ocupada.

Por eso, descansar no siempre significa dejar de hacer una actividad para comenzar otra. También necesitamos momentos en los que disminuya la cantidad de información que recibimos, podamos bajar el nivel de atención y recuperemos espacios de silencio, tranquilidad y pausa.

A veces, el verdadero cansancio no viene de todo lo que hicimos, sino de no haber dejado nunca de estar atentos a algo.

La hiperconexión que confundimos con desconexión

Aunque el YO consciente perciba que no está haciendo nada, otra parte del psiquismo está hiperexcitada, pero el YO no puede dar cuenta de ello: está distraído y siente placer al permanecer enajenado con algún entretenimiento.

Esa misma distracción actúa como una pantalla solar para el sistema nervioso: mientras una parte cree que se relaja, la otra va cargando la batería a niveles muy elevados y a mucha velocidad.

El impacto puede comenzar a sentirse con mayor intensidad por las noches, pero también al día siguiente y, si esta dinámica se mantiene, acumularse con el paso del tiempo.

Los pensamientos parecen acelerarse, aumenta la irritabilidad, aparece el mal humor y puede crecer la sensación de ansiedad e inquietud.

Cuando vivimos sometidos a una estimulación constante, nuestro sistema nervioso puede tener cada vez más dificultades para encontrar momentos de calma. Paradójicamente, el silencio, la pausa o los espacios vacíos —aquellos que deberían permitirnos descansar— pueden comenzar a resultarnos incómodos.

Entonces buscamos nuevamente algo que nos estimule: miramos el teléfono, abrimos una aplicación, ponemos un vídeo, buscamos información o cualquier otra distracción que nos evite permanecer en quietud.

Y así podemos entrar en un ciclo difícil de reconocer:

Cuanto más nos acostumbramos a estar estimulados, más extraña puede parecernos la calma; y cuanto más incómoda se vuelve la calma, más estímulos buscamos para evitarla.

Cómo recuperar los espacios sin estímulos

La vida parece organizarse cada vez más en torno a la inmediatez, dejando en segundo plano el valor de los procesos, la progresión y el desarrollo.

Sin embargo, crear paso a paso, construir una idea, practicar una habilidad y atravesar las distintas etapas necesarias para aprender y perfeccionarnos son experiencias fundamentales e irremplazables.

Es precisamente en esos procesos donde adquirimos experiencia, aprendemos a esperar y desarrollamos una mayor tolerancia a la frustración.

Se necesita convicción y desconexión real para volver a anclarse en el presente y así enseñarle a nuestro sistema nervioso que todo está bien, que es momento de dejar de estar alerta.

No solamente necesitamos reducir los estímulos, sino recuperar nuestra capacidad de permanecer con una duda, pensar, recordar, imaginar y elaborar una respuesta propia antes de buscarla inmediatamente fuera de nosotros.

Cómo recuperar la desconexión digital y el descanso mental

No se trata de rechazar la tecnología ni de renunciar a las posibilidades que nos ofrece, sino de recuperar cierto equilibrio y volver a reservar momentos en los que nuestra atención no esté permanentemente ocupada por una pantalla.

Podemos comenzar disminuyendo conscientemente el tiempo de exposición, estableciendo horarios en los que el móvil deje de acompañarnos y evitando que sea lo último que miramos antes de dormir y lo primero que buscamos al despertar.

También necesitamos recuperar los encuentros reales: conversar sin mirar constantemente el teléfono, compartir una comida, caminar con alguien, escuchar y ser escuchados sin que una notificación interrumpa continuamente nuestra atención.

El contacto con la naturaleza, el ejercicio físico, el deporte, la meditación, la lectura, las manualidades, cocinar o escribir en un cuaderno pueden ayudarnos a volver a experiencias que tienen otro ritmo.

Actividades que requieren tiempo, presencia y continuidad, y que no ofrecen necesariamente una recompensa inmediata.

Pero quizás haya algo todavía más importante: recuperar el derecho a no tener una respuesta para todo en el mismo instante.

Buscadores, redes sociales y ahora también la inteligencia artificial nos permiten resolver una duda prácticamente en el momento en que aparece. Es una posibilidad extraordinaria, pero no necesitamos utilizarla siempre.

Antes de preguntar, también podemos intentar recordar. Pensar. Imaginar una respuesta. Equivocarnos. Conversar con otra persona. Permanecer un rato con la duda. Incluso aceptar que hay cosas que, por ahora, simplemente no sabemos.

No toda pregunta necesita una respuesta inmediata, ni todo momento vacío necesita ser ocupado.

Porque pensar por nosotros mismos, tolerar la incertidumbre, aburrirnos, observar, imaginar y dejar que una idea se construya lentamente también forman parte de nuestra vida mental.

Quizás desconectarnos no consista solamente en apagar una pantalla, sino en recuperar aquellos espacios en los que no necesitamos que algo externo esté permanentemente ocupando nuestra atención.

Qué ocurre cuando dejamos el móvil: experiencias en campamentos con adolescentes

La retirada temporal de los teléfonos móviles

En los campamentos con adolescentes, en algunos países, ya se está llevando a cabo una estrategia que consiste en retener los teléfonos móviles al comienzo de la actividad programada y entregarlos nuevamente al finalizar el período, ya sea semanal o mensual.

La comunicación con los padres se realiza a través de los tutores responsables, una vez al día y de manera grupal, ayudando también a contener la ansiedad de los propios adultos.

Los primeros días sin pantallas: malestar y dificultades de adaptación

Lo que se ha observado durante los primeros días es un malestar profundo en los jóvenes: mucho enojo, un sentimiento de despojo y una sensación de estafa por parte de los adultos.

Muestran grandes dificultades para relacionarse y tolerar las diferencias. Experimentan una sensación de vulnerabilidad al no poder «cubrirse» o esconderse detrás de la pantalla de su teléfono móvil.

Al mismo tiempo, todo les provoca aburrimiento, a la vez que cansancio.

La recuperación de las relaciones personales y la convivencia

A medida que transcurren los días, las propuestas educativas y lúdicas de los tutores, que promueven la participación tanto individual como grupal de los chicos, favorecen una integración progresiva y natural de todo el grupo.

Comienzan a reconocerse a sí mismos en primera instancia. Luego aparece la solidaridad y el compromiso frente al otro presente, comienza a manifestarse la empatía, el cumplimiento de las promesas y la experimentación saludable de los diferentes estados de ánimo, ahora apoyados por el grupo.

La dinámica cambia: pasa de ser individualista a ser colaborativa.

Se presta más atención, se recuerdan más cosas, son capaces de medir el tiempo y de anticipar la tarea que vendrá por la noche o al día siguiente.

Descansan mejor, están atentos a los sonidos del entorno, a las necesidades corporales, a las experiencias físicas y a mirarse a los ojos.

Estas jornadas terminan con la promesa de que no se volverá a utilizar el celular como antes. Sin embargo, al poco tiempo, todo vuelve a la «normalidad».

Y no por culpa de ellos mismos, sino porque el sistema social está erigido sobre esa lógica.

Nos arrastra.

Si sientes que la culpa o la ansiedad pesan demasiado en tu día a día, puedo acompañarte a entender qué hay detrás.

Artículos relacionados

Todavía no me fui

A través del caso de Darío, este trabajo aborda cómo el psicoanálisis puede dar lugar a la subjetividad incluso cuando la enfermedad y el discurso médico parecen reducir al paciente a un diagnóstico. Una reflexión clínica sobre la transferencia, la ética y el deseo del analista.

Leer artículo »

¿Comemos por hambre o para llenar algo más?

Comer no responde únicamente a una necesidad biológica. La comida también representa placer, vínculos, cultura y emociones. Explora cómo nuestra relación con los alimentos influye en nuestros hábitos y qué podemos hacer para construir una relación más consciente con la comida.

Leer artículo »

El primer paso puede ser simplemente empezar a entenderte.